Cada mañana terminaba corriendo, siempre me propuse salir diez minutos antes, solo diez. Cada mañana, tras llevar toda la comida en la boca bajaba las escaleras del metro de Madrid a no se cuantos kilómetros por hora para poder llegar a clase. Así día tras día, monotonía pura. No era el mejor, pero tampoco me consideraba de los peores, tímido, siempre sonriente y una mirada inocente, con ganas de comerse su nueva vida, de exprimirla hasta el fondo, de disfrutar el último momento. Tampoco soy el más romántico, ni quiero serlo, nunca me fueron las historias del príncipe y la princesa que se besan y vivieron para saber qué. Yo quiero una historia movida, sin frenos, con una adrenalina imposible de adquirir con una pastilla, quería que todo sucediese rápido, nada de historias lentas, la rapidez era lo mio. Y la tuve. Bienvenidos a mis días de universidad, a mi nueva vida, a mi historia con frenos pero sin pausas. Bienvenidos a lo que fue un gran chute de adrenalina. Día ...
Lidero mi propias palabras.