Cada mañana terminaba corriendo, siempre me propuse salir diez minutos antes, solo diez.
Cada mañana, tras llevar toda la comida en la boca bajaba las escaleras del metro de Madrid a no se cuantos kilómetros por hora para poder llegar a clase.
Así día tras día, monotonía pura.
No era el mejor, pero tampoco me consideraba de los peores, tímido, siempre sonriente y una mirada inocente, con ganas de comerse su nueva vida, de exprimirla hasta el fondo, de disfrutar el último momento.
Tampoco soy el más romántico, ni quiero serlo, nunca me fueron las historias del príncipe y la princesa que se besan y vivieron para saber qué. Yo quiero una historia movida, sin frenos, con una adrenalina imposible de adquirir con una pastilla, quería que todo sucediese rápido, nada de historias lentas, la rapidez era lo mio. Y la tuve. Bienvenidos a mis días de universidad, a mi nueva vida, a mi historia con frenos pero sin pausas. Bienvenidos a lo que fue un gran chute de adrenalina.
Día 1.
Las puertas se cerraban mientras pulsaba el botón sin pausa. "Ábrete joder" pensaba en mi interior. Pero no se abrieron y yo, empezaba yendo tarde el primer día.
Todos hablaban de la vida universitaria, fiestas, amores incomprendidos, estudio y verdaderas amistades. A decir verdad, echaba de menos a mis amigos de mi antiguo instituto pero adoraba mi nueva libertad, independizarme en cierto modo y luchar yo solo contra los problemas me daba mucha responsabilidad y eso me gustaba.
No os contaré con todo detalle mi primer día. Conecté en cierto modo con unos cuantos compañeros de clase, nada importante, no pensaba que llegaría a ser algo más, simplemente, compañeros de clase.
Las primeras impresiones a pesar de todo fueron buenas, pensaba encontrarme con otro tipo de personas, en cambio, a primera vista, la gente de mi alrededor había sonreído a todo el mundo,pero claro, eso lo hacemos todos.
Día 10.
Espera... ¿Y los días dos, tres, cuatro... etc?, reclamaréis, no veo la necesidad de contároslo, voy al grano, sin rodeos, todo empieza a partir de ahora.
Cada día era mas atareado, metro para un lado, clases por otro lado, libros, apuntes, todo una maldita locura. Yo no veía la gracia de ser universitarios. Mi relación con los compañeros no se afianzaba demasiado, de hecho, había hablado con más gente, mis seguidores habían aumentado en mis redes sociales, pero nada de fiestas, nada de amores, nada.
Día 22.
Espera espera, os iba a contar la acción de mi vida, la adrenalina, ¿Por qué me dedico a contaros historias para nada?. Simplemente os estaba introduciendo como era mi pensamiento cuando llegué a la universidad, un modelo de vida totalmente distinto al que pensaba, pero día 22. Allá voy.
Penúltimo parcial antes de terminar los exámenes parciales de las distintas asignaturas, a decir verdad, nunca pensé que aprobaría tantos exámenes seguidos pero bueno, aquí estoy, descubriéndome.
Había cogido mucha mas confianza con mis compañeros de clase, al menos, con mi fila, poco a poco íbamos tomando contacto con la otra fila, aunque de eso, ya hablaré más adelante.
¿Recordáis esa adrenalina que os posee en mitad de un examen? Pues esa era la mía. Comencé a hacer los distintos ejercicios a toda velocidad, uno tras otro sin cesar. Y levanté la cabeza, y ahí estaba, pasándose el boli por detrás de la oreja, poniendo sus manos en su cara con signo de desesperación, nervioso, dudoso, necesitaba ayuda.
Golpeaba mi boligrafo contra la mesa para captar su atención, no sé por qué pero necesitaba ayudarle de cualquier manera, no podía irme sin ayudarle, hasta que llegó la oportunidad.
El profesor andaba de espaldas a nosotros y lo llamé. Sus ojos nerviosos me miraron y le susurré como hacer ese ejercicio. Todo pasó en cuestión de segundos. Él me entendió, yo lo entendí.
Gracias por ese momento. Mucha más adrenalina recorrieron mis poros, ahora solo queda contaros como evolucionó todo. Como conocí a alguien que creía que era otro más.
Día 23.
Continuará.

Comentarios
Publicar un comentario