Más de una vez habréis oído hablar de el tren de la vida, aquel que recoge pasajeros ( personas nuevas en tu vida) y deja a otros tantos (aquellos que se marchan).
Si soy sincero, he perdido la cuenta de las personas que suben y bajan del tren, sin embargo, hay algunas que quieren quedarse en medio, que dudan si quedarse o bajarse. Pero ahí estoy yo, el piloto del tren, el piloto de mi vida, para dejar o tirar a esas personas del tren, de mi vida.
Viniste prometiendo un amanecer, un atardecer y un anochecer juntos, una relación basada en la sinceridad, te gustaba, me gustabas, no fallaba nada. (Por ahora).
Estos últimos meses el tren ha marchado a gran velocidad, parando de repente y soltando a unos cuantos pasajeros, mientras que al mismo tiempo subían otros tantos.
Pérdidas y ganancias, todo equilibrado, al parecer.
En la vida de una persona siempre hay amigos, unos más importantes que otros.
Por ello me centré en ti, llevo meses centrándome en ti, en tus "verdades", en las que eran tus promesas y en las que son, a día de hoy, tus falsas promesas.
Sería fácil pisar el freno y echarte de mi vida, pero es difícil. Entraste cuando mi corazón aún sangraba, cuando era débil, cuando no me había dado tiempo a restablecerme de un último adiós.
Pensaba que eras alguien distinto pero no, duró tres meses tu diferencia con respecto al mundo, una vez conseguiste lo que quisiste, te transformaste en otra persona, en el monstruo de la sociedad oscura.
Si tuviese que dar un consejo a día de hoy es, queridos lectores, que escuchéis los consejos de vuestros amigos de verdad, aquellos que duran años y años, que duran para toda la eternidad.
Yo no lo hice, y aquí estoy, manchando el cristal del tren con lágrimas, sabiendo que llegará la última vía de una relación que me importa demasiado.
Pronto llegará, no tardará mucho, todo ha ido cuesta abajo en unos días.
Entraste en mi vida para dañar un corazón que aun sangraba. Y aún así, te quiero.

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