Continuación de Rosa Negra (La Cascada). Pinche aquí para leer el capítulo anterior.
Me desperté sobresaltada sin saber donde estaba, no recordaba nada de las últimas horas... Una niebla negra tapaba mis recuerdos, solo me dejaba entrever algunos: Mi miedo al puente, el erotismo de Alex...
Ahí estaban todos mirándome con cara de preocupación: Alex, Raul y Paula. Sus expresiones eran serias, ni una sonrisa, ni un gesto de que todo iba bien.
Y de repente me acordé, el niño. Llevé mis manos hacia la tripa y comencé a tocarla.
- Elena, ¿Cómo estás?- Dijo Alex.
- ¿Qué coño ha pasado? Simplemente no recuerdo nada.
- Estábamos mirando a un pato cuando perdiste el conocimiento Elena, pensé que te caías por el puente o no sé- Paula se acercó ami y comenzó a llorar.
Lloraba por el gran contenido de miedo en su mente, la había metido en una escena de película dramática sin yo saberlo. Lo sentía y mucho.
- Lo... Lo siento- Susurré a duras penas. Notaba como mis ojos se comenzaban a llenar de lágrimas, todos estaban derrumbados por mi culpa.
- Ahora viene lo peor.- Dijo Alex en tono demasiado frío.
Su mirada nuevamente, esa mirada oscura que apareció tras su vuelta de la cárcel, joder Alex, que te han hecho ahí adentro.
- ¿Qué pasa?- Pregunté aunque en verdad no quería saber la respuesta.
- Amelia, la recepcionista de Alan, ha desaparecido, llevan tres días buscándola y no aparece por ninguna parte.
¡¿Tres días?!
- ¿Cómo que tres días?, ¿Cuánto tiempo llevo aquí?
- Este es el cuarto día Elena- Dijo Paula un poco más recuperada.
- ¿Y qué han dicho mis padres?, ¿Y Lorena?-
- Están de camino, han estado las tres noches contigo cariño- Dijo Alex mientras se acercaba.
Se sentó a mi lado y comenzó a rozarme el cabello con su mano derecha. Sus ojos y los míos se cruzaron y comenzaron a participar en una guerra de amor.
Ahora su mirada no era como la de hace un momento, era tierna, de enamorado podría admitir. Estaba volviendo a ser el de antes, yo le podría traer de vuelta, hacerle olvidar todos sus malos recuerdos y hacer que volvamos a nuestra historia de amor, pero no de novela, si no de la realidad, con nuestras imperfecciones, con nuestros juegos, con todo.
- ¿Y qué últimas noticias hay de Amelia?- Dije tras apartar la mirada de los ojos de Alex.
- Parece ser que tuvieron una gran pelea Alan y ella tras tu marcha- En este caso habló Raúl- Muchos afirman que se quedó hasta tarde en la oficina, a partir de entonces no se supo nada de ella.
- ¿Creéis que Alan la ha hecho algo?
- Esa chica sabía mucho Elena, la policía ha investigado y tenía información peligrosa sobre Alan y estoy seguro de que él no quería que saliese a la luz.- Susurró Paula.
- ¡Hay que hacer algo!- Grité.
- Tranquilízate Elena, esto no es un juego, podemos estar hablando de secuestro o...
- Asesinato- Terminó Raúl.
- ¿Qué estáis diciendo?
- El psicólogo de Alan autorizó hace unos años que este ser poseía un trastorno en la cabeza. Uno de los muchos síntomas de este trastorno es la realización de decisiones espontáneas, sin importar su peligrosidad y consecuencias.- Dijo Alex.
El mundo me empezaba a dar vueltas, podría afirmar que esta situación sería mucho más fácil si no tuviese un hijo de ese trastornado, pero decidí tenerlo y crece a ritmo rápido.
Si mató a Amelia podría ir a por mi en un futuro, estaría metiéndome en un guerra en la cual se que no puedo ganar sola.
- Voy a ir ha verle y me da igual lo que digáis, Alex, llama a la policía. Esto debe de acabarse ya.- Ordené.
- Pero...
- Nada de peros Alex, llamas o llamo. Paula, pide el alta voluntaria.- Dije seria- Si el hijo que llevo es de un asesino prefiero que esté encerrado antes de que nazca, no voy a permitir que mi bienestar esté afectado por un psicópata.
Todo pasó demasiado rápido. Era un día soleado pero cargado de tensión. Lo que menos esperaba en toda mi vida era enfrentarme a un psicópata.
La policía había venido a verme y a tomarme declaración. No oculté nada, les conté desde el principio, desde como le conocí hasta la última declaración de Amelia.
Ellos sabían que estaba contando la verdad pero necesitaban más pruebas, algo que demostrase que de verdad era culpable.
Entonces llegó mi plan, un plan que yo pensaba que no habría ningún problema, que con cuidado todo saldría genial (pero no).
Me revelaron que Alan se encontraba en las obras de la nuevas oficinas, ya que necesitaba un almacén para ir guardando las revistas y mucho más personal para seguir mejorando.
Iría a hablar con él y llevaría incorporado un micrófono para grabar toda la conversación. Dos policías aguardaran fuera por si pasa algo peligroso.
Alex se opuso al igual que mis padres, Lorena y Raúl. Paula, en cambio, decidió apoyarme y acabar con todo esto.
Dos horas después:
Las obras inacabadas estaban delante de mi, ya habíamos comprobado que funcionaba el micrófono correctamente. La policía había acudido al juez para conseguir la orden de inspección de las dos oficinas, todo debería de salir... ¿Bien?
- Señorita no puede pasar aquí, la obra aun no está acabada y puede ser inestable.
Lo aparté rápidamente y grité:
- ¡Alan se qué estás aquí!
Los sonidos retumbaban dentro de la estructura y de repente apareció. Con un traje azul, perfectamente peinado y su sonrisa malévola.
- Volvemos a vernos querida Elena.
- No te acerques psicópata. Lo sé todo.
Su sonrisa desapareció y su mirada se volvió fría. No me moví ni lo más mínimo, no me daba miedo.
Alex.
No sabía porqué Elena había decidido ir, se estaba exponiendo a un gran peligro y yo no puedo hacer nada desde aquí.
La melodía del timbre retumba en mis tímpanos y me acerco a la puerta para ver quien es a través de la mirilla.
Veo a un simple cartero con un paquete en la mano. Lo recojo y lo abro esperando que sea lo que pedí hace tiempo y, exactamente, acerté. Las pinzas para jugar en la cama habían llegado. Sonreí y las guardé.
Él teléfono sonó y no era Elena, algo grave había pasado.
Alex.
No sabía porqué Elena había decidido ir, se estaba exponiendo a un gran peligro y yo no puedo hacer nada desde aquí.
La melodía del timbre retumba en mis tímpanos y me acerco a la puerta para ver quien es a través de la mirilla.
Veo a un simple cartero con un paquete en la mano. Lo recojo y lo abro esperando que sea lo que pedí hace tiempo y, exactamente, acerté. Las pinzas para jugar en la cama habían llegado. Sonreí y las guardé.
Él teléfono sonó y no era Elena, algo grave había pasado.
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