Tener o temer, no hay punto intermedio, quererte o quererme, nunca supe cuanto tiempo seguía gastando día tras día, cuantos amaneceres te regalé, cuantos falsos deseos me prometí, cuantos últimos pensamientos dediqué en pensar en nosotros antes de dormirme, en pasar a un mundo paralelo en el que solo existiésemos los dos en esta relación, y no, como en el mundo de verdad, en el que el sol brilla algunos días, en el mundo en el que nuestra relación se basa en tres presencias, tú, yo y el miedo. Esto es cosa de tres.
Siempre pensé que fue temor, falta de ganas, pero aunque intente engañarme, nunca te tuve, nunca me miraste como yo te miraba, nunca arrastramos la mano por la suave arena, siempre se escondía el sol sin nosotros, nuestras manos no brillaban a la luz del sol, siempre se escondían bajo la sombra del amor.
Nuestro fallo fueron la falta de comunicación, la presencia de problemas que nunca supimos resolver, correr por el filo y no correr por nosotros.
Todo acabó por pensar que siempre habría otro intento tras cada pared, que nuestros fallos podrían seguir siendo evitados, ocultados tras cada beso intenso, y es que, antes de caer en el vacío unidos, decidí salvarte, soltarte a tiempo y dejar el futuro que pensaba que seria nuestro, ya que siempre el futuro fue contigo y no conmigo.
Lo siento por tanto sufrimiento, por no entenderme, por no entenderte, por no darte lo que pensabas que iba a darte.
La división se produjo por una falta de lucha, por una promesa falsa, por pensar en como se acaba y no pensar en luchar aun más.
En verdad, no lo sé, puede ser mi propia confusión lo que acabó con lo nuestro, tu maldita sonrisa. Eso fue.

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