En las vías abandonadas de ferrocarril, nos encontrábamos ella y yo, jugando a un juego de confianza, por así decirlo. Cada uno íbamos por una línea manteniendo el equilibrio, pero unidos de la mano, lo que hacía que si uno de los dos caía, el otro también.
Decidimos cambiarnos de línea, girándonos, poco a poco, le cogí la otra mano, quedándonos cara a cara.
Ella era una chica, de 16 años, medía alrededor de 1'72 metros. Su larga, lisa y suave melena rubia caía sobre sus hombros, dejando a la vista su rostro, caracterizado por unos ojos muy bonitos y especiales, eran azul verdosos, los cuales contenían un gran brillo que aportaba mucha seguridad a la persona que los miraba. La seguí observando y analizándola, llegando a la conclusión de que era mi compañera de risas. Siempre ha estado junto a mí, en los malos y buenos momentos. Sabe como sacarme la sonrisa en mis peores momentos y sobre todo producirme la mayor carcajada que muy poca gente sabe sacar. Sabía que ella era una gran amiga, mucho mas que eso, era como una hermana.
Sin dudar ni un segundo, conté hasta 3. Los dos saltamos hacia la otra línea, sosteniéndonos, sin caernos, como nuestra amistad, que nunca caería y si alguna vez uno de los 2 cayera, caeríamos juntos.

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